EEUU probó en 1963 un anillo de agujas de cobre en el espacio; algunos siguen orbitando

Un proyecto de la época de la Guerra Fría que pretendía transformar el espacio en una enorme antena sigue siendo observable en la órbita terrestre, más de sesenta años después de su puesta en marcha. En 1963, EE.UU. lanzó cerca de 480 millones de diminutos hilos de cobre, denominados “agujas”, con el objetivo de crear un reflector de radio que garantizara las comunicaciones militares ante un posible conflicto nuclear. Aunque la prueba confirmó la viabilidad del concepto, parte del material continúa orbitando el planeta.
Orígenes y finalidad del programa
En la década de los cincuenta, la capital estadounidense se enfrentaba a la fragilidad de sus enlaces de larga distancia, que dependían de cables submarinos y de la ionosfera. Ambas vías podían ser vulneradas o alteradas, y una confrontación nuclear habría puesto en riesgo la comunicación con fuerzas desplegadas globalmente. En 1958, el ingeniero Walter Morrow, del Laboratorio Lincoln del MIT, planteó una alternativa a 3 600 km de altitud: una ionosfera artificial compuesta por innumerables filamentos metálicos. El programa, inicialmente llamado Project Needles y después Project West Ford, buscaba formar un anillo de antenas pasivas imposible de neutralizar simultáneamente.
Lanzamiento y resultados iniciales
El 9 de mayo de 1963, EE.UU. efectuó el lanzamiento de una carga que incluía aproximadamente 480 millones de hilos de cobre de 1,78 cm de longitud y menos de 0,02 mm de grosor. El conjunto pesaba alrededor de 20 kg y estaba recubierto con un material pensado para evaporarse bajo la radiación solar, liberando las agujas a la altura prevista. En torno a 40 días se formó un cinturón alrededor del planeta, y cada hilo actuó como una diminuta antena capaz de reflejar microondas cercanas a los 8 GHz.
Tras un intento fallido en octubre 1961, la segunda misión consiguió crear enlaces entre Massachusetts y California, enviando voz, datos digitales y mensajes de teletipo. Las pruebas iniciales alcanzaron velocidades de 20 000 bits por segundo, aunque la capacidad disminuyó progresivamente hasta cerca de 100 bits por segundo a medida que los filamentos se separaban. Aproximadamente 50 días después, la nube se volvió demasiado tenue para sostener las transmisiones.
Reacción internacional y repercusión jurídica
El experimento generó una fuerte respuesta de la comunidad astronómica, que temía que los millones de fragmentos metálicos pudieran afectar las observaciones del cielo. La Unión Astronómica Internacional presentó una protesta formal en 1961 y el periódico soviético Pravda acusó a EE.UU. de contaminar el espacio. El presidente Kennedy ofreció garantías sobre la duración del experimento, mientras el embajador Adlai Stevenson respondió a las críticas ante la ONU. La controversia alimentó los debates que culminaron en el Tratado del Espacio Exterior de 1967, que reguló la responsabilidad de los Estados en el entorno espacial.
Persistencia de los restos en órbita
Los planificadores habían previsto que la radiación solar alteraría gradualmente las trayectorias de los hilos, provocando su reentrada en menos de una década. No obstante, una investigación posterior de la NASA mostró que solo entre el 25 % y el 45 % de los 480 millones de filamentos se dispersaron como se esperaba; el resto quedó agrupado en pequeños conglomerados que permanecieron en órbita durante mucho más tiempo. A finales de 1965 el cinturón artificial prácticamente desapareció, pero algunos fragmentos continuaron orbitando.
Un estudio publicado en octubre 2026, basado en los catálogos orbitales CelesTrak y GCAT, identificó entre 36 y 39 agrupaciones de agujas aún registradas. La cifra más fiable corresponde a 23 objetos confirmados por ambos catálogos con datos orbitales recientes. El último reingreso documentado ocurrió en abril 2024, más de sesenta años después del lanzamiento. No se ha registrado ninguna colisión atribuida a estos restos, aunque su presencia ilustra los retos de la basura espacial.
Por qué importa
El caso de las agujas de West Ford demuestra cómo una solución tecnológica de la Guerra Fría ha dejado una marca perdurable en el entorno orbital, sirviendo como un ejemplo temprano de contaminación espacial. En un contexto como el de España, donde la actividad satelital está en expansión, este experimento recuerda la necesidad de gestionar responsablemente los desechos en el espacio y de considerar los efectos a largo plazo de cualquier proyecto que implique la puesta en órbita de materiales.




Fuente: Xataka. Este artículo es una elaboración propia de TecnoPunta a partir de la información publicada.
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