
Durante décadas, China ha sido el gran motor del crecimiento mundial. Su modelo económico, apoyado en inversión masiva, fuerte endeudamiento y una potente orientación exportadora, permitió al país mantener tasas de crecimiento muy superiores a las de las economías avanzadas y consolidarse como la gran fábrica del mundo.
Hoy, sin embargo, ese engranaje muestra claros signos de agotamiento. Más allá de una desaceleración coyuntural, la economía china afronta un problema estructural: el modelo que sostuvo su expansión durante años ha perdido eficacia, y el nuevo, centrado en el consumo interno, no termina de consolidarse.
El límite del “milagro chino”
El riesgo al que se enfrenta China no es un simple bache cíclico, sino la entrada en un periodo prolongado de estancamiento, con implicaciones que trascienden sus fronteras. Durante años, el crecimiento se apoyó en una fórmula relativamente estable: inversión pública y privada a gran escala, expansión del crédito y aprovechamiento de la globalización para impulsar las exportaciones.
Ese esquema permitió una expansión sin precedentes de infraestructuras, vivienda e industria pesada, absorbió a millones de trabajadores y elevó de forma significativa la renta media. Sin embargo, los rendimientos de ese modelo son hoy decrecientes.
Organismos internacionales llevan tiempo alertando de ello. El Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte de que el exceso de inversión y el elevado endeudamiento —especialmente en gobiernos locales y en el sector inmobiliario— están lastrando el potencial de crecimiento. En sus últimas evaluaciones, el FMI subraya que el modelo basado en inversión y deuda es cada vez menos sostenible y que China necesita un reequilibrio profundo hacia el consumo.
El Banco Mundial coincide en el diagnóstico: el crecimiento impulsado por la inversión ha generado desequilibrios financieros y un uso ineficiente del capital, lo que limita la capacidad del país para mantener ritmos elevados de expansión a medio y largo plazo. Persistir en esta vía implicaría más deuda sin una mejora proporcional de la productividad, estrechando aún más el margen de maniobra de Pekín.
De la recuperación desigual al riesgo de estancamiento
Tras la pandemia, muchos analistas describieron la evolución china como una economía en forma de K: algunos sectores y grupos sociales se recuperaban con rapidez, mientras otros permanecían estancados. El problema es que esa recuperación desigual corre el riesgo de transformarse en una trayectoria en forma de L, es decir, una caída seguida de un periodo prolongado de crecimiento débil.
Ese es el escenario que empieza a preocupar a los analistas: que China no regrese a las tasas de crecimiento del pasado y quede atrapada durante años en un ritmo bajo, con menor capacidad para impulsar la economía mundial.
El gran cuello de botella: el consumo interno
La estrategia oficial de Pekín pasa desde hace tiempo por reforzar el consumo doméstico. En teoría, un país con más de 1.400 millones de habitantes debería contar con un enorme potencial de demanda interna. En la práctica, ese pilar sigue siendo frágil.
El consumo de los hogares representa en torno al 38 % del PIB, un porcentaje bajo en comparación con las economías avanzadas. Datos de la Oficina Nacional de Estadística de China muestran que, pese a los estímulos, el gasto crece a un ritmo contenido, lastrado por la incertidumbre laboral, la crisis inmobiliaria y un sistema de protección social limitado que fomenta el ahorro precautorio.
Mientras los hogares no ganen peso real en la economía, el consumo difícilmente sustituirá al viejo motor de la inversión, y China seguirá dependiendo de estímulos cada vez menos eficaces y más costosos en términos de deuda.
Un impacto que trasciende a China
La desaceleración china no es un fenómeno aislado. Durante años, su expansión sostuvo la demanda mundial de materias primas, bienes industriales y productos intermedios. Una China creciendo menos implica menor tracción para las economías exportadoras que dependen de su demanda.
Además, la debilidad del consumo interno empuja a las empresas chinas a buscar salida en los mercados exteriores, intensificando la competencia global y elevando las tensiones comerciales en un contexto ya marcado por la fragmentación geopolítica.
China no afronta una crisis súbita, pero sí un ajuste prolongado y complejo. El reto pasa por aceptar un crecimiento más bajo, redistribuir renta para reforzar el consumo y gestionar una elevada carga de deuda sin desestabilizar el sistema financiero.
Hasta que ese nuevo equilibrio no se consolide, el riesgo de estancamiento seguirá presente. Y lo que está en juego no es solo el futuro económico de China, sino el impacto que su transición tendrá sobre una economía global construida durante décadas alrededor de su crecimiento.